6.----------------- LAS CONSTANTES DE LAS CRISIS.
El sociólogo José Felix Tezanos decía en su libro "La explicación sociológica: introducción a la sociología" (1996), que la sociología es una ciencia muy reciente, que se remonta a Comte, Durkheim y Weber, que no ha tenido tiempo a desarrollar y poder ofrecer resultados suficientemente concretos y suficientemente claros. Y que, además, no siempre es fácil comprender qué es la sociología porque su objeto es algo sutil, a veces casi imperceptible, casi misterioso y difícil de captar, como es "lo social". Pensamos que estas palabras expresan las tribulaciones de un sociólogo que sólo ve el problema desde fuera de su evolución histórica, práctica. Mientras es frecuentísimo afirmar dogmáticamente el "fracaso absoluto" del socialismo revolucionario en todas sus expresiones y en concreto, del marxismo, que prácticamente tiene la misma edad que la sociología burguesa, el autor citado sostiene que, sin embargo, ésta es una "ciencia muy reciente" y por ello no ha tenido tiempo para demostrar su valía.
Pero, visto el problema sin apriorismos dogmáticos, comprendemos que la sociología burguesa sí ha tenido el tiempo suficiente para demostrar su valía, es decir, para servir fielmente al capital tanto en los períodos de escasa conflictividad social como en las situaciones prerrevolucionarias o revolucionarias. La sociología burguesa ha rendido muy buenos servicios al capitalismo porque para eso fue creada, y lo seguirá rindiendo porque siempre, tras cada una de sus crisis, habrá uno o varios grupos de intelectuales orgánicos, de centros universitarios públicos o privados, que reelaborarán sus bases, las adaptarán y les dotarán de nuevos argumentos teórico-ideológicos. Cuando se certifique el fracaso del neofuncionalismo de Luhmann, o incluso antes, surgirán una o varias propuestas de solución a la nueva crisis. Por eso, la lucha teórica contra la sociología burguesa no concluirá nunca. Y precisamente por eso es tan importante profundizar en las constantes que reaparecen una y otra vez en todas las crisis del pensamiento social burgués, aunque con diferencias de forma exterior e incluso con matices más o menos importantes en sus características identitarias comunes. Desde esta perspectiva podemos entrever cinco constantes básicas desde Comte hasta Luhmann, por citar al autor más reciente.
La primera es el carácter patriarcal de la sociología burguesa, y de hecho, de todo el conocimiento en el que se sustenta. Desde las iniciales ideas griegas y musulmanas hasta las más recientes, pasando por el mecanicismo y el matematicismo sociopolítico de los siglos XVII-XVIII, el pensamiento social dominante ha sido patriarcalista, defensor de la explotación global de las mujeres. Sólo muy recientemente en la historia de la producción sociológica se ha empezado a estudiar con alguna sistematicidad esta explotación y sus consecuencias. Aunque las luchas de las mujeres han existido de forma latente desde hace siglos, y de forma pública desde el final de la Edad Media en Europa, y a pesar de que esas luchas han crecido imparablemente con grandes avances teóricos desde mediados del siglo XIX, pese a todo ello, la sociología oficial sólo se ha empezado a preocupar con alguna seriedad desde finales de los años setenta de este siglo XX o incluso después. Semejante vacío ontológico, epistemológico y axiológico, que excluye y oprime a mucho más de la mitad de la población incluyendo a niñ@s y ancian@s, tiene efectos demoledores sobre la capacidad de la sociología oficial para comprender la realidad patriarcal y, por su generalidad, humana.
La segunda es el carácter idealista o al menos agnóstico de la sociología burguesa. La inmensa mayoría de los sociólogos oficiales o incluso progresistas han sido y son abierta o soterradamente idealistas, agnósticos, kantianos o neokantianos. Muchos, muchísimos de ellos, como hemos visto brevemente, han sustentado las raíces filosóficas de sus concepciones en bases deístas, religiosas e idealistas. La importancia de esta cuestión es doble porque, de un lado, aunque bastantes de ellos y el entero funcionalismo, reniegan de la filosofía mediante el rechazo positivista de los juicios de valor, en la práctica hacen lo contrario aplicando precisamente aquellas filosofías que más han ayudado a los opresores a lo largo de la historia; y, de otro lado, porque utilizando esas bases la realidad social que se estudia y sus movimientos y contradicciones, queda reducida a una porción de lo que realmente es, concluyendo en una visión mecánica, sectorial, estática y formalista. Las consecuencias globales son desastrosas porque las formas de salir del agujero son típicas que hemos visto: sobrevalorar el individualismo, el lenguaje y la comunicación, la quietud de las cosas, la ausencia de contradicciones, minusvaloración del proceso productivo y sobrevaloración del mercado, etc.
La tercera es el carácter estatalista de la sociología burguesa. Como hemos visto, desde sus inicios la sociología burguesa ha andado de la mano del Estado burgués. Esta dependencia ha sido y es cuádruple pues, en primer lugar, los sociólogos se alimentan de las producciones estadísticas, datos, listados y proyectos de investigación, así como de los sistemas conceptuales dominantes, que han creado las burocracias estatales durante décadas; en segundo lugar, los sociólogos dependen diracta o indirectamente de las burocracias estatales para trabajar y para vivir, para ser reconocidos, ascender y no ser postergados, y sólo una reducidísima y digna minoría se independiza radicalmente de esos tentáculos asfixiantes; en tercer lugar, las decisiones estratégicas del Estado, sus presupuestos anuales y de larga duración, determinan el grueso del desarrollo sociológico por múltiples vías, sobre todo por sus relaciones con la economía en todas sus expresiones, la política interna y externa, el control social, la educación y la cultura, la prensa... y, en cuarto lugar, como síntesis de lo anterior, la sociología dominante es una pieza clave en la solidez interna de los Estados burgueses, sobre todo cuando tienen problemas de unidad al ser plurinacionales y oprimir internamente a otros pueblos.
La cuarta es el carácter empresarial de la sociología burguesa. Mientras los grandes escritos teóricos de los sociólogos clásicos apenas se dignan hablar de lo concreto del proceso económico y de la explotación de la fuerza de trabajo, de la producción capitalista en sí, en su práctica cotidiana la sociología dedica inmensos esfuerzos para facilitar la buena marcha de la explotación de l@s trabajador@s y el aumento del beneficio. Lo hace empleando disciplinas sociológicas específicas como la sociología del trabajo que ha integrado en gran medida a la sociología industrial, y también con estudios sobre márketing, ventas, etc, y en menor medida con la sociología del sindicalismo, muy unida a la de las relaciones laborales y a la optimización económica de las decisiones empresariales. Y aunque en éstas y en otras también hay sociólogos progresistas y revolucionarios, la dominación empresarial en abrumadoramente mayoritaria, sobre todo cuando se trata de aplicar esa sociología en las empresas privadas y siempre dentro del orden jurídico impuesto por el capital.
La quinta es el carácter occidentalista de la sociología burguesa. El pensamiento social griego era eminentemente racista y aunque el musulmán lo era menos, también tenía cierto desprecio hacia los "infieles". Pero será el pensamiento social europeo y después estadounidense los que marcarán indeleblemente el occidentalismo racista de la sociología mediante la sociobiología y la antropología, sobre todo. El tránsito de la fase colonial a la fase imperialista exigió el desarrollo simultáneo de ambas disciplinas para controlar internamente a las masas trabajadoras de otras naciones, etnias y culturas, y para dominar externamente a los pueblos que resistían a la expoliación imperialista. Sólo muy recientemente y a partir de las críticas internas y de las heroicas guerras de liberación nacional, han surgido teorías que pretenden romper con el racismo occidentalista de la sociología burguesa. Esta característica se adapta a las necesidades del orden estatal allí en donde la lucha de liberación de un pueblo oprimidos cuestiona la unidad de ese Estado, aunque sea del centro imperialista, al "primer mundo" o Norte.
7.- ¿NOS SIRVE LA SOCIOLOGÍA OFICIAL?